Pereza mental en el turismo: la calavera de Bond en el Andador Turístico de Oaxaca

Caminar en estos días por el Andador Turístico de Oaxaca es someterse a un impacto visual desbordante. Los adornos suspendidos sobre las calles, las figuras gigantescas y la saturación cromática nos invitan, teóricamente, a “celebrar” el Día de Muertos. Sin embargo, para cualquiera que haya crecido o vivido el ritual desde el interior de una casa oaxaqueña, la sensación es de un extraño desencaje.

Simbólicamente, lo que hoy cuelga en el centro histórico se encuentra infinitamente más cerca de José Guadalupe Posada y del Spectre de James Bond que de la intimidad sagrada del altar doméstico. Para entender este fenómeno no basta con la queja nostálgica; vale la pena recurrir a la semiótica pragmática de Charles Sanders Peirce y examinar cómo se ha transformado el signo del “Muerto” en nuestro espacio público.
Para Peirce, la relación entre un signo y su objeto se divide fundamentalmente en índice, ícono y símbolo:
El altar doméstico como Índice: En la casa oaxaqueña, el altar opera de manera indiciaria. Hay una relación de continuidad física y existencial con el difunto. La flor de cempasúchil no está ahí solo para “verse bonita”; su aroma marca un rastro, una huella. La copa de mezcal, el pan de yema, la fotografía desgastada y el humo del copal son índices que señalan una presencia real y temporal: alguien específico regresa hoy a esta mesa. Hay una solemnidad silenciosa, una escala humana y una temporalidad respetuosa. La semiótica del olfato informa al cerebro que huele a “Días de Muertos”, pan, chocolate y flores, inmediatamente reconocido por el cerebro.
El adorno urbano como Ícono y Símbolo vaciado: Lo que vemos en el Andador Turístico ha roto esa conexión indiciaria. Las calaveras monumentales y los adornos plásticos son íconos: representaciones formales que imitan la figura de la muerte, pero que ya no remiten a ningún ancestro ni a ninguna memoria particular. Son signos que se representan a sí mismos. Inventados o revisados más por la televisión que por algo que veamos en nuestros hogares oaxaqueños, y no está mal, sin embargo, así como las blusas piratas que también venden en el andador, debemos de discernir sobre que sí es culturalmente profundo y que no, y en este caso, el municipio de Oaxaca de Juárez tuvo la práctica y rápida idea de poner “calaveras” populares, sin estudiar símbolos o signos relacionados con Oaxaca. Pereza mental en el turismo.
¿Cómo llegamos a esta estética? La genealogía del adorno moderno en Oaxaca tiene dos grandes hitos ajenos al ritual tradicional:
El filtro de José Guadalupe Posada: La gráfica de Posada —y la posterior “Catrina” bautizada por Rivera— no nació como un elemento del ritual funerario familiar, sino como una caricatura política y social de la burguesía ilustrada del Porfiriato. Era una crítica incisiva sobre la condición humana y la vanidad. Al trasladar esa estética de grabado en blanco y negro a la masa tridimensional del espacio público, el signo perdió su filo satírico y se convirtió en mero decorado popular.
El efecto James Bond (Spectre): El verdadero punto de inflexión en la escenografía de la muerte ocurrió cuando el cine de Hollywood imaginó un desfile multitudinario de calaveras en la Ciudad de México que nunca existió en la tradición histórica. La realidad terminó imitando a la ficción. El Andador Turístico hoy adopta esa misma lógica escenográfica: la muerte convertida en un set de filmación, en un marco fotografiable para Instagram, diseñado para el consumo visual rápido del transeúnte global.
Desde la perspectiva peirceana, el interpretante es el efecto mental que el signo produce en quien lo percibe.
En la intimidad del hogar, el intérprete final del altar es la memoria, el recogimiento y la continuidad comunitaria. En el Andador Turístico, el interpretante del adorno colgado es el espectáculo y el turismo fotogénico. El signo ha mutado: ya no evoca el viaje de las almas desde el Mictlán o el purgatorio hacia el hogar, sino la atracción de miradas hacia el comercio local.
No se trata de purismo ni de negar la evolución de las tradiciones en el espacio público. La ciudad es un organismo vivo y el turismo es parte indiscutible de nuestra economía. Sin embargo, resulta revelador observar cómo el espacio público ha sustituido el misterio por la escenografía.
Mientras en las calles del centro la muerte se viste de gala de Hollywood para la foto del recuerdo, en los barrios y Valles Centrales se sigue encendiendo una veladora en silencio, recordando que el verdadero Día de Muertos oaxaqueño no se cuelga del cielo para que lo vean todos: se sostiene en la tierra, despacio, para recibir a los nuestros.
Doctor en Comunicación y Periodismo, Maestro en Comunicación Política.

**Las opiniones expresadas en esta columna son exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente la postura de Tinta Negra.










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