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Los favoritos también pierden

  • Foto del escritor: Alex Hernández
    Alex Hernández
  • hace 25 minutos
  • 3 min de lectura
Columna: La República del Poder

Existe una vieja paradoja en estrategia: un ejército no necesita perder soldados para volverse más débil, basta con que sus generales dejen de obedecer el mismo mapa; y las elecciones funcionan de manera parecida.



Hay una curiosa perversidad en las casas de apuesta: nunca premian la lógica… premian la improbabilidad.


Antes del partido entre Argentina y Cabo Verde, apostar por los campeones del mundo era casi un trámite financiero: la ganancia apenas justificaba el riesgo. En cambio, una victoria de Cabo Verde multiplicaba el dinero como Elon Musk con su fortuna. No porque alguien creyera seriamente que los africanos ganarían, sino porque el mercado vive de una certeza elemental: los favoritos casi siempre cumplen con su papel.


La política comparte esa obsesión por fabricar inevitables.


Cada elección tiene uno. Un candidato, un partido o una coalición a la que las encuestas, la comentocracia y hasta los adversarios terminan tratando como si la victoria fuera apenas un asunto administrativo. Entonces ocurre un fenómeno curioso: todos empiezan a preguntarse quién podrá derrotar al favorito, cuando la pregunta realmente interesante es otra: ¿Quién podría hacer que el favorito se derrotara a sí mismo?

Morena sigue siendo, con diferencia, la fuerza política más competitiva del país y negarlo sería más un acto de deseo que un ejercicio de análisis, pero la política tiene una regla que rara vez aparece en las encuestas: el poder une mientras crece; cuando deja de expandirse, comienza a repartirse. Y cada pedazo del poder suele venir acompañado de una ambición distinta.


Durante años, el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador funcionó como un centro de gravedad; no eliminó las diferencias internas, pero sí las mantuvo orbitando alrededor de un mismo proyecto. Hoy ese centro gravitacional ya no opera con la misma intensidad, porque lo que antes resolvía una autoridad política, ahora debe negociarse entre intereses políticos.


La consecuencia no es menor.


Las diferencias entre Morena, el Partido Verde y el Partido del Trabajo empiezan a parecer menos tácticas y más estructurales. Las candidaturas ya no son solamente candidaturas, son espacios de negociación y anticipos de la disputa que vendrá después. Cuando los aliados comienzan a competir por el mismo territorio, la coalición sigue existiendo en el papel, pero deja de comportarse como una sola fuerza en la realidad.

Y ahí cambian las probabilidades.


Existe una vieja paradoja en estrategia: un ejército no necesita perder soldados para volverse más débil, basta con que sus generales dejen de obedecer el mismo mapa; y las elecciones funcionan de manera parecida.

Cuando un bloque se fragmenta, el valor de las estructuras territoriales aumenta: los operadores locales, los liderazgos regionales y las maquinarias electorales dejan de ser simples acompañantes de una marca nacional para convertirse en el activo más codiciado de la negociación política. En ese escenario, no siempre manda quien tiene más votos, con frecuencia manda quien controla la llave para conseguirlos.


¿Significa eso que la oposición tiene el camino despejado? No.


La historia electoral mexicana demuestra que las divisiones del oficialismo, por sí solas, nunca garantizan una alternancia. La oposición también necesita resolver sus propios problemas: construir candidaturas competitivas, generar una narrativa convincente y desarrollar una estructura territorial capaz de defender cada voto. La desorganización del adversario no sustituye la propia organización.


Lo verdaderamente interesante no es que el oficialismo pueda perder, es entender por qué podría hacerlo, ya que las grandes derrotas políticas casi nunca empiezan el día de la elección, empiezan mucho antes, cuando quienes compartían un proyecto descubren que ya no comparten el mismo futuro.


Por eso las casas de apuesta seguirán colocando al oficialismo como favorito y muy probablemente tengan razón, pero incluso los favoritos olvidan, de vez en cuando, la regla más antigua de cualquier competencia: el rival más peligroso no siempre juega con otro uniforme, a veces celebra tus victorias, se toma la foto contigo... y espera pacientemente su turno para disputar el mismo espacio.

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