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Nuevo León: comunicación política vs. gobernanza

  • Foto del escritor: Alexandro Guevara
    Alexandro Guevara
  • hace 2 horas
  • 3 Min. de lectura

En la era de la hiperconectividad, la política ha dejado de ser una disputa de ideas para convertirse en una batalla de narrativas personales. En Nuevo León, asistimos a un fenómeno comunicativo sin precedentes, donde la figura del Gobernador y la de Mariana Rodríguez han difuminado la frontera entre el despacho oficial y la sala de estar.

 

Sin embargo, tras el brillo de las pantallas y el carisma de la cotidianeidad, subyace una interrogante académica y civil urgente: ¿Estamos eligiendo gobernantes o simplemente consumiendo personajes?


 

La estrategia es clara y, desde la óptica del marketing digital, envidiable. El uso de la imagen familiar —incluyendo la exposición constante de su vida privada y su paternidad— ha servido como un vehículo de "humanización" que genera una empatía inmediata. Es la construcción del político-vecino, aquel que comparte nuestras mismas alegrías domésticas. Esta táctica les ha permitido ganar adeptos a través del afecto, transformando la aprobación ciudadana en una suerte de “fandom” digital.

 

Desde la teoría de la comunicación política, el problema no es la popularidad, sino el origen y el destino de ese capital simbólico. La pareja gubernamental ha logrado una fama de familiaridad, una cercanía que se siente auténtica en el “feed” de Instagram, pero que resulta insuficiente en la mesa de la gestión pública.

 

Mientras la audiencia se cautiva con la última historia familiar, los temas estructurales —crisis hídrica, movilidad, seguridad— quedan relegados a un segundo plano informativo.

La relación se vuelve unidireccional. El ciudadano deja de exigir resultados de política pública para celebrar hitos de la vida privada de los mandatarios. (¿Un hijo más?)

 

La gobernanza requiere de una comunicación institucional sólida, basada en la rendición de cuentas, la transparencia y el debate técnico. Lo que vemos en Nuevo León es, en cambio, una “Instagramocracia".

 

La percepción de eficiencia se construye a través de la estética y no de la estadística. Es fundamental recordar que la gestión de un Estado no se resuelve con un rebranding, la imagen de familia perfecta puede ganar clics y adeptos, pero no construye instituciones ni soluciona problemas sistémicos.

 

La ética de la representación infantil y la sobreexposición en el ecosistema digital es preocupante, pues el uso de menores en la comunicación política no solo roza límites éticos cuestionables, sino que instrumentaliza la inocencia para suavizar crisis de gobernabilidad.

 

Al centrar el mensaje en el entorno familiar, se crea un "escudo afectivo": cualquier crítica a la gestión pública corre el riesgo de ser interpretada por la audiencia como un ataque a la familia, anulando así el pensamiento crítico de la ciudadanía y blindando al gobernante tras una máscara de vulnerabilidad doméstica que no le corresponde al cargo.

 

Por tanto, la recomendación desde la consultoría de imagen y la academia es clara: separar el rito privado del ejercicio público.

 

La verdadera estatura política se mide en la capacidad de comunicar soluciones técnicas sin necesidad de recurrir al sentimentalismo de alcoba. Mantener una distancia prudente entre la vida personal y la agenda de gobierno no es solo una cuestión de decoro, sino una salvaguarda para la institucionalidad. Un gobernante que depende de su imagen familiar para sostener su popularidad es, en última instancia, un gestor que reconoce la fragilidad de sus propios resultados administrativos.

 

Gobernar es un acto de responsabilidad pública, no un “reality show” y confundir la popularidad familiar con la eficacia administrativa es un error que, a largo plazo, debilita la confianza en las instituciones.

 


Doctor en Comunicación y Periodismo, Maestro en Comunicación Política.



**Las opiniones expresadas en esta columna son exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente la postura de Tinta Negra.

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