El mundo no se traduce, se interpreta: Cartilla de Derechos de las Mujeres en 67 lenguas originarias
- Alexandro Guevara

- hace 22 horas
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«Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo»
La reciente presentación de la Cartilla de Derechos de las Mujeres por parte de la presidenta Claudia Sheinbaum traducida a 67 lenguas originarias, no es un simple trámite administrativo; es un hito que nos obliga a repensar la comunicación política desde sus cimientos.

Como estudiosos de esta ciencia, sabemos que la comunicación es la dinámica inherente a toda interacción social que permite a un grupo identificar sus objetivos y necesidades conjuntas. Sin embargo, históricamente, el pensamiento comunicativo en México ha pecado de un sesgo urbano, diseñado desde y para las grandes ciudades, ignorando las cosmovisiones que habitan fuera de la periferia metropolitana.
En 2025, acudí a uno de los foros para la implementación del Plan Nacional de Desarrollo en el área de comunicación. Ahí expliqué la necesidad de interpretar los contenidos importantes a otras lenguas; me escuchó el ahora secretario de Cultura, Flavio Sosa Villavicencio. Hoy se muestra la primera acción de esta idea; no porque yo se las haya dado, sino porque la comunicación exige, per se, un enfoque descentralizado.
Ludwig Wittgenstein sentenció una verdad que hoy resuena con más fuerza que nunca: «Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo». Cuando el Estado decide hablar en 67 lenguas, está expandiendo los límites del mundo de derechos para millones de mexicanas. No obstante, desde la academia debemos ser críticos: la comunicación adecuada para los pueblos indígenas exige comprender que una lengua originaria se interpreta, no solo se traduce. Y no solo se lee, pero eso será tema de otra ocasión.
Siguiendo a Marshall McLuhan, pionero en el estudio de los medios, debemos recordar que el medio es el mensaje. En este contexto, el «medio» no es solo el papel o la red social, sino el idioma mismo. El uso de la lengua materna como canal de comunicación conforma y controla la escala de la asociación humana. Al entregar esta cartilla, el mensaje implícito es el reconocimiento de la unidad cultural. Una unidad que, como bien señala Umberto Eco, es una convención cultural con contextos, historias y simbolismos propios que el emisor urbano suele ignorar.
La verdadera profesionalización de la comunicación política exige descentralizar la ideología dominante que asume el conocimiento urbano como la única forma válida de comunicar. Mi investigación de doctorado, «Contenidos y mensajes adecuados para los pueblos indígenas de Oaxaca: semiótica y lenguaje para descentralizar la ideología de la comunicación» (de donde emana esta columna), propone que, para que un mensaje sea eficaz en territorios indígenas, debe pasar por un tamiz de siete conceptos clave: contextos sociohistóricos, lenguaje (semántica y capacidad lingüística), signos, determinantes de la unidad cultural, canales adecuados, barreras ideológicas y una construcción consensuada.
Comunicar para los pueblos indígenas es un ejercicio de empatía y resonancia. La traducción de la Cartilla de Derechos es un paso valiente hacia una comunicación participativa que busca que el receptor no sea un sujeto pasivo, sino un actor con plenos derechos. El reto para los comunicólogos es dejar de mirar a las comunidades como simples receptoras y empezar a verlas como las legítimas dueñas de su discurso.
Solo a través de una comunicación descentralizada, que respete la carga histórica de cada signo y la profundidad de cada lengua, podremos decir que estamos construyendo una sociedad donde, finalmente, nadie se quede fuera del mundo.
La implementación de instrumentos como la Herramienta de Adecuación de los Mensajes para las Comunidades (HAMC), que propongo en mi investigación, es, en última instancia, lo que distingue la labor del comunicólogo de la del simple comunicador empírico. No basta con la «buena voluntad» de traducir un texto; se requiere un rigor metodológico que identifique y desmonte las barreras ideológicas antes de emitir cualquier mensaje.
Al hablar de «volver al territorio» —concepto clave en la actual narrativa política—, no debemos referirnos únicamente al desplazamiento físico, sino a una inmersión profunda en la implicatura significativa social de cada término. Profesionalizar este proceso significa garantizar que el contenido posea un peso cognoscitivo que trascienda lo puramente visual, evitando que la estética urbana opaque o distorsione la realidad de las comunidades originarias.
Finalmente, este cambio de paradigma sitúa a las comunidades no solo como emisoras históricas —papel que han desempeñado con maestría a través de las radios comunitarias—, sino como receptoras legítimas de una comunicación diseñada con respeto a su cosmovisión.
Al decodificar signos y cargas simbólicas particulares, como la representación del poder o el respeto sagrado a la tierra, la comunicación política deja de ser una imposición para convertirse en un acto de justicia social y reducción de desigualdades. Descentralizar la palabra es, en esencia, un acto de soberanía: permite que el mensaje resuene en el receptor bajo sus propios términos semánticos, asegurando que la información estatal no sea un monólogo del centro, sino un diálogo genuino con la pluralidad que define al México contemporáneo.
Alexandro Guevara
Doctor en Comunicación y Periodismo, Maestro en Comunicación Política.

**Las opiniones expresadas en esta columna son exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente la postura de Tinta Negra.









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