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Guelaguetza: entre la herencia viva y el espectáculo

  • Foto del escritor: Alexandro Guevara
    Alexandro Guevara
  • hace 2 días
  • 3 min de lectura

Escribir sobre la Guelaguetza en estos tiempos exige hacer a un lado el folleto turístico y mirar nuestra realidad de frente.



Que quede claro: cuestionar lo que sucede en el auditorio del Cerro del Fortín no es estar en contra de la fiesta. Al contrario, es defender el significado más profundo y revolucionario que nos dejaron los zapotecos: la Guelaguetza como ayuda mutua, como el tejido solidario de dar y recibir que sostiene a nuestras comunidades. Nuestra cultura es innegablemente hermosa, pero es precisamente por ese amor a nuestras raíces que debemos explicar en qué se ha convertido el evento oficial y cómo refleja la profunda desigualdad que atraviesa a Oaxaca.



Para entender el presente, hay que escarbar en la historia. Se nos vende la idea de que el espectáculo que vemos en julio es una tradición milenaria y estática, pero la realidad es mucho más compleja y fascinante. En sus orígenes prehispánicos, los pueblos de los Valles Centrales realizaban rituales y ofrendas a Centéotl, la diosa del maíz, para agradecer las buenas cosechas.


Con la violenta imposición colonial, la iglesia aplicó su clásico sincretismo religioso y empalmó estas celebraciones agrícolas con la festividad católica de la Virgen del Carmen, cuya fecha patronal es el 16 de julio.


De esta fusión nacieron los entrañables Lunes del Cerro, que son simplemente los dos lunes posteriores a esa fecha. Era una fiesta del pueblo y para el pueblo: las familias de los barrios subían a las faldas del cerro a recolectar azucenas, compartir el itacate y convivir al aire libre. Sin embargo, el formato de auditorio, con sus coreografías milimétricas, nació en 1932 bajo el nombre de "Homenaje Racial".


Aquel fue un esfuerzo del Estado posrevolucionario, en una Oaxaca golpeada por los sismos, para celebrar el 400 aniversario de la ciudad y centralizar el poder, moldeando y estilizando las danzas para el ojo del espectador.


Hoy, la Guelaguetza oficial es una de las proyecciones folclóricas más impresionantes del continente, pero su estructura económica es el reflejo perfecto de la gentrificación y la división de clases. Las delegaciones de nuestras ocho regiones bajan a entregar el alma en el escenario, pero allá arriba, en los mejores lugares, los rostros ya no son los de nuestra gente. Quienes ocupan las gradas principales son turistas internacionales, visitantes de alto poder adquisitivo y la clase política.


Para un trabajador oaxaqueño promedio, acceder a su propia fiesta es prohibitivo. Los boletos en el Palco A superan los $1,600 pesos, y los del Palco B rondan los $1,300 pesos, sin contar el saqueo de las boleteras y la voracidad del mercado negro de reventa, que se encuentran hasta en $6, 000 pesos.


El discurso oficial siempre se escuda diciendo que los Palcos C y D son gratuitos. Lo que no dicen en las campañas de promoción es la indignidad material que eso implica: familias locales enteras durmiendo en las banquetas, soportando la lluvia y haciendo filas interminables desde la madrugada para no alcanzar lugar.

Pero la grandeza de Oaxaca es que la Guelaguetza es demasiado grande para caber en las taquillas de Ticketmaster. Para los que somos de aquí y buscamos la verdadera esencia del compartir, existen alternativas maravillosas.


La principal trinchera de la izquierda social es la Guelaguetza Magisterial y Popular. Organizada por la Sección 22 de la CNTE y nacida en 2006 como un acto de resistencia y dignidad de la APPO frente a la represión estatal, este evento en el estadio del Instituto Tecnológico de Oaxaca (ITO) es totalmente gratuito. Ahí se presentan las delegaciones que el elitista filtro turístico rechaza, manteniendo vivo un espíritu combativo, solidario y de clase.


Y para quienes buscan la celebración en su estado más puro, la fiesta late en la periferia y en los municipios. Es en los Lunes del Cerro de la Villa de Zaachila, en Cuilápam de Guerrero, en Reyes Etla o en varios municipios más. Ahí, lejos de las cámaras y los monopolios turísticos, los vecinos comparten el mezcal, el tepache y el pan.


La Guelaguetza oficial será un espectáculo visual extraordinario, pero la verdadera fiesta, la que nos sostiene como oaxaqueños, sigue estando abajo, en la resistencia viva de nuestro pueblo.

 

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