OPINIÓN | La enorme necesidad de a veces nadar de muertito
- Alex Hernández

- 29 nov 2024
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 19 dic 2024
Antonio Gramsci, al hablar de hegemonía política en contextos de crisis de legitimidad, sugería a las élites políticas, ocupar el silencio como parte de la estrategia, controlando lo que se dice, pero también lo que no se dice, una opción de evadir la contestación pública o la movilización en contra.

Querido lector, lectora, la columna de hoy está a punto de convertirse en un confesionario, al revelarles uno de mis más oscuros secretos, de esos que evitas siquiera pensar a la hora de que pierdes en un verdad o reto, un secreto que eliminas de cualquier conversación íntima y que la mencionas solo como un dato aparte cuando encuentras al amor de tu vida: NO SÉ NADAR.
Y a pesar de los múltiples esfuerzos de mis padres para que aprendiera, sencillamente eso de flotar nunca se me dió, tal vez por la enorme terquedad que me caracteriza, pensando que anatómicamente, mi cuerpo no tenía esa habilidad, inherente de cualquier otro ser humano.
“Nada de muertito”, me decía mi madre, sin embargo, ya fuese por el miedo al agua o por mi torpeza pulmonar, sencillamente, ni eso lograba hacer.
Y comienzo así, para analizar un concepto que aplica con esta anécdota y en la comunicación política.
Nadar de muertito “hace referencia a la imagen de una persona que, en lugar de nadar activamente, se deja llevar por la corriente como si estuviera "muerta" o inmóvil, sin hacer esfuerzos por nadar enérgicamente o participar de manera activa”, un estilo de nado que pareciera sumamente fácil -para todo aquel que tiene la capacidad de hacerlo- y que conceptualiza muy bien la estrategia comunicacional del silencio y la inacción, una estrategia que a pesar de la falta de actividad discursiva o ejecutoria, tiene como objetivo pasar desapercibido en o posteriori a una crisis.
Antonio Gramsci, al hablar de hegemonía política en contextos de crisis de legitimidad, sugería a las élites políticas, ocupar el silencio como parte de la estrategia, controlando lo que se dice, pero también lo que no se dice, una opción de evadir la contestación pública o la movilización en contra.
Y a pesar de la enorme trayectoria de muchos miembros de la clase política de nuestro país, parece ser que el silencio les estorba, los acompleja y los incomoda, incluso más que el absurdo mismo.
Tal es el caso del senador Alejandro Murat, priista retirado y adherido reciente morenista, el cual ha sufrido los embates de una crisis de imagen debido a su transición partidaria y a su discurso radicalmente opuesto en menos de dos años. Aun con las enormes pifias de comunicación que ha tenido, por su apasionada necesidad de aprobación en su nuevo terruño político, el ex gobernador oaxaqueño ha decidido en numerosas ocasiones -valientemente- lanzarse envuelto en la bandera guinda, al abismo de lo irrisorio. Primero, intentando malabarear en la discusión de la reforma a la eliminación de ciertos órganos autónomos, intentando sostener argumentos poco sólidos, carentes de sustento de información, datos y, sobre todo, credibilidad. Revolviendo conceptos, confundiendo tareas entre instituciones y olvidando incluso las enormes apelaciones que durante su gobierno hacía a instituciones como el mismo CONEVAL para magnificar sus logros. Mal y de malas.
Un día después, con el mismo tono de la corbata del día anterior, para reforzar un innecesario compromiso forzado -porque sí, también la comunicación no verbal importa-, se para en tribuna a defender la ampliación al catálogo de la prisión preventiva oficiosa, con una retórica de la cual, ni sus maestros abogados del ITAM, ni de Columbia, estarían orgullosos.
Todo esto viene desencadenado a través de múltiples errores a la hora de comunicar, queriendo dejar atrás su pasado y dejando percibir ciertas pinceladas de urgencia por convertirse en un referente de su nuevo partido, repitiendo hasta el cansancio su respaldo a la Presidenta, algo que hasta para ella misma le debe parecer fastidioso.
Y está claro que sus credenciales aún están cortas para lograr avanzar en los niveles de trascendencia partidaria que requiere de múltiples méritos para llegar a los niveles de Monreal, Ebrard o Adán Augusto, y que tal vez, su impetuosa proactividad discursiva para escalar, se deba a su incapacidad política para operar y maquilar detrás de bambalinas, pero es justo en estos casos que la estrategia nadar de muertito es cuando mejor puede funcionar. Porque ante una crisis de legitimidad en la imagen pública, ante un proceso de mutación radical política o simplemente, ante la ineficiencia a la hora de respaldar decisiones controversiales, el silencio termina siendo un arma poderosa.
No se trata de dejar de importar, se trata de evitar los reflectores lo mayormente posibles, ya que ante la piel tan delicada que se tiene debido al desgaste en la opinión pública, tener una estrategia de transición, en donde se incorpore la inactividad y la quietud mediática, son indispensables para lavar la figura de un personaje que hasta hace un tiempo, fungía como antítesis del oficialismo que hoy aberrantemente defiende.
Tal vez sea por enorme terquedad o por la sencilla incapacidad, pero hoy corroboro que los Alejandros, no sabemos ni nadar de muertito. Ojalá pronto alguien nos enseñe, antes que sea demasiado tarde.













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