La gentrificación: un paso a la vez
- Claudia Galguera

- 22 jul
- 3 Min. de lectura
Empecemos con que el turismo no tiene por qué ser una amenaza. Puede convertirse en una gran oportunidad para que quienes habitan nuestras ciudades y pueblos generen ingresos, emprendan y compartan su cultura sin necesidad de migrar.
Vivir en una ciudad tan rica en historia, cultura y belleza como Oaxaca debería ser un privilegio, pero para muchos oaxaqueños hoy se ha convertido en un reto económico y social. Las calles coloniales ahora vibran con nuevos idiomas, cafés de especialidad y alojamientos Airbnb que parece quisieran sustituir al tianguis, a las fondas y a los vecinos de toda la vida. Este fenómeno tiene nombre: gentrificación, y está transformando el rostro —y el costo— de nuestras ciudades.
Cuando el encanto atrae… pero expulsa
La gentrificación ocurre cuando un barrio o ciudad histórica se vuelve atractiva para personas con mayor poder adquisitivo, ya sean inversionistas, turistas o nómadas digitales. Esto eleva el valor del suelo, el costo de los alquileres y los precios en general, lo que termina desplazando a los habitantes originales.
Según un estudio del Laboratorio Nacional de Vivienda y Comunidades Sustentables (LNVCS, 2022), Oaxaca de Juárez, San Miguel de Allende y la Ciudad de México son hoy las zonas con mayor presión gentrificadora en el país, con aumentos en alquileres superiores al 50% en zonas turísticas en menos de cinco años.
Pero los salarios locales no han crecido al mismo ritmo. De acuerdo con el CONAPO (2023), el ingreso promedio en Oaxaca no supera los 7,000 pesos mensuales, mientras que una renta en el centro histórico puede superar fácilmente los 15,000 pesos mensuales.
Esto crea una brecha crítica: las ciudades se vuelven atractivas para el foráneo, pero hostiles para el local. ¿Qué hacer ante esta realidad?
Empecemos con que el turismo no tiene por qué ser una amenaza. Puede convertirse en una gran oportunidad para que quienes habitan nuestras ciudades y pueblos generen ingresos, emprendan y compartan su cultura sin necesidad de migrar. Se trata de convertir el cambio en posibilidad, de construir un modelo de desarrollo que tenga como base el arraigo, la identidad y el respeto por el territorio.
Por ejemplo, muchas familias han comenzado a participar activamente del turismo compartiendo parte de su hogar: una habitación, un patio, una terraza. Plataformas digitales o redes locales de renta les permiten generar ingresos sin dejar su espacio ni su comunidad, que existían precios competitivos al grandes cadenas, o rentas por plataformas digitales permitirá una turismo justo.
Organizarse colectivamente fortalece este modelo. En barrios como la Roma en Ciudad de México, se han formado asociaciones de vecinos que regulan la actividad turística con equilibrio y respeto a los residentes, demostrando que es posible vivir del turismo sin perder la armonía barrial.
Además del esfuerzo individual, es fundamental que existan políticas públicas que protejan el derecho a habitar el territorio. Algunas medidas positivas pueden incluir la regulación responsable de plataformas de renta turística, el apoyo fiscal a negocios comunitarios, la protección de barrios tradicionales mediante zonificación y el impulso a cooperativas de vivienda o crédito.
Si bien el fenómeno de la Gentrificación es por demás una situación crítica que engloba muchos aspectos y esferas de la vida diaria, nuestro estado tiene todo para ser referente de un turismo que respeta y valora a las comunidades que lo hacen posible. Si empezamos por trabajar para que los beneficios regresen a manos de quienes cuidan, crean y comparten esta tierra todos los días, habremos construido no solo un destino, sino un futuro digno para todos y todas.













Comentarios