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Campaña de temporada

  • Foto del escritor: Ivette Del Río
    Ivette Del Río
  • hace 1 día
  • 2 Min. de lectura

“Hay que sacar algo el 8M”, es una frase que se repite con demasiada frecuencia en oficinas públicas, equipos de comunicación institucional y espacios políticos cuando se acerca el 8 de marzo. Aparece casi como una alerta en la agenda: faltan dos semanas, quizá tres, y entonces alguien recuerda que hay que publicar algo, diseñar un gráfico, grabar un video o programar una fotografía institucional con mujeres vestidas de morado.


Y ahí, muchas veces, termina todo.


Resulta inquietante que en pleno 2026 la conversación institucional sobre los derechos de las mujeres siga reduciéndose, en muchos casos, a una lógica de calendario. A un momento simbólico que se activa en marzo y se diluye en cuanto pasa la fecha, como si el feminismo fuera una campaña de temporada. Como si bastara con ponerse un traje morado unos días y guardarlo en el clóset el resto del año.


Pero el 8M no es un evento de comunicación, es el recordatorio de una crisis estructural que vivimos todas las mujeres.


Las mujeres siguen siendo asesinadas en este país, siguen enfrentando obstáculos para participar en la vida política, para acceder a servicios de salud oportunos, para vivir libres de violencia dentro de sus propios hogares. Siguen enfrentando brechas económicas, precariedad laboral, obstáculos para acceder a justicia cuando exigen pensiones alimenticias o cuando denuncian agresiones.


Y frente a esa realidad, la respuesta institucional no puede ser únicamente simbólica.


Comunicar el 8M debería significar algo mucho más profundo: explicar qué se está haciendo durante todo el año para que menos mujeres sean víctimas de feminicidio, para que más mujeres accedan a espacios de poder, para que el sistema de salud responda a sus necesidades, para que la justicia funcione cuando una mujer denuncia violencia.


Pero eso implica al parecer mucho trabajo, algo mucho más complejo que un post en redes sociales, implica políticas públicas, presupuesto, decisiones administrativas, seguimiento y evaluación. Implica asumir que la igualdad no se construye con discursos emotivos, sino con estructuras que transformen la vida cotidiana, y eso, no se genera en redes sociales.


Por eso preocupa que todavía se tomen decisiones equivocadas sobre cómo abordar el tema, primero con miedo, luego con flaqueza y luego con falta de sensibilidad, pero sobre todo ignorancia.


Al final, el 8 de marzo no debería ser una fecha para improvisar mensajes, sino un día que obligue a mirar de frente lo que falta, lo que duele y lo que aún no cambia. Y si algo debería recordarnos cada 8M es que la igualdad no es una publicación que se programa, sino una deuda histórica que todavía estamos obligados a saldar.

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